Un sábado por la noche había quedado con mi pandilla de los últimos años, de la cual casi todos los componentes eran chicas, aunque muy buenas amigas. Que si, ya sabéis lo de esa estúpida norma de “no me acostaré con mis amigas”… triste casualidad de la vida que esa noche fue diferente a todas las demás, ya fueran anteriores o por venir.
Habíamos organizado un mini botellón en casa de una de ellas, pero no el típico de empezar a soplar sin sentido, no. Lo nuestro se basaba en los conocidísimos juegos de mesa para alcoholizarse pasando un buen rato y de paso, chisparnos entre risas.
En definitiva y para pasar directamente a los hechos acaecidos y de paso poneros en antecedentes, esa noche os contaré que salimos de garitos a una hora nada normal y, con un pelotazo mucho más que decente.
Ya en la disco (y mucho antes en el mini botellón) Lucía me estaba provocando con varias miradas indiscretas y comentarios picantes. Que conste que nunca he sido de los que van sobrados, en el sentido de que ya me tiene que atropellar una mirada para darme cuenta, aunque para eso tengo que admitir que el alcohol obra milagros.
Lucía era morena, su pelo corto y despeinado la hacía desenfadada y divertida, pero lo que más destacaba de ella era un indiscreto pero encantador piercing en la nariz a juego con el del ombligo, que unido a un sensual tatuaje tribal en la espalda justo donde termina el canalillo del culo, la hacían poseedora de una energía sexual solo equiparable a la pasión turbadora que despertaban en mi sus más que bien perfilados pechos, los cuales desafiaban a las miradas más incrédulas. Así era Lucía, en definitiva, un volcán sexual a punto de estallar… y yo, estaba en su terreno.
- “¿Qué te pasa?...” comentó socarrona la dulce voz de Lucía al pillarme con la mirada perdida en la indescriptible tersura que asomaba por el, tan finamente dibujado escote de su top.
Iba a responder justo cuando sus labios se interpusieron entre la vaga excusa que parecía no tener y yo. De repente mi pulso se aceleró y la atrapé entre mis brazos, mi pene parecía no tener fin y su lengua prometía más allá de lo imaginable.
Al terminar nuestro breve pero intenso contacto, me sonrió y mirándome fijamente a los ojos me dijo: - “pero bueno, ¿me vas a responder o no?” no salía de mi asombro cuando de mi boca salieron otras no menos que increíbles palabras: - “joder Lucía, si no fuese por que estamos en medio de tanta gente te follaba aquí mismo”, -“¿y por qué no lo haces? Sugirió a la vez que abrazándose a mí me bajaba la cremallera y empezaba a masturbar mi cada vez más intratable pene...
Continuará...
Vicens 2003
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